Mi amiga del semáforo.

En aquel día de cielo escarchado la mujer caminaba por la misma calle como había hecho durante los últimos 5 años. Con una pequeña caja en su mano derecha llena de chiclets, y su particular mirada torcida, al igual que sus pies, la mujer con pelo de ceniza se vestía con una sonrisa, muy particular debido a sus facciones, y aprovechaba el día para vender su mercancía en aquel semáforo del barrio Los Rosales.

El contraste que realizaba con el paisaje era notorio, pues encontrándose en una de las zonas más pudientes de la ciudad, su jean desgastado por el tiempo y su camisa sucia y de marca desconocida, generaban una mala primera impresión para los habitantes de la zona. Por lo menos con la mayoría.

Hace más de cinco años que vivo en esta parte de la ciudad y, a diferencia de la mayoría de mis vecinos tan llenos de sí mismos que desprenden la alta alcurnia Bogotana, he visto este curioso personaje día tras día.

No importa si había una lluvia torrencial o un sol demencial, aquella mujer siempre buscaba uno, dos, o tres clientes de buen corazón y cuatro ruedas que la desprendían día a día de su mercancía a cambio de algunas monedas.

Yo, desde el otro lado de la calle, la observaba con curiosidad.

Mientras el asfalto le proporcionaba su sustento, la acera era una situación diferente. Los hombres de lujosos abrigos y mujeres de finos tacones pasaban a su alrededor logrando tres reacciones que, al cabo de un tiempo, pude notar claramente.

La primera era una indiferencia total, pues aquellos que no consideramos nuestros iguales o superiores no vale la pena determinar. La segunda, desconfianza. Las mujeres agarraban sus bolsos disimuladamente cuando la veían, los hombres guardaban sus celulares. Claro está que siempre hay que desconfiar de los más humildes, aunque los grandes ladrones del país se encuentren en las posiciones más pudientes e importantes que se pueden ofrecer. La tercera, peor que las últimas dos, repugnancia. La alta clase colombiana, al ver una persona con rasgos un poco diferentes, en ropa desteñida por el uso y trabajando honestamente para buscar un sustento en un semáforo la ve como un paria. Esta escoria de la sociedad que solo produce en los más esnobistas un incontrolable reflejo de asco en su rostro.

A la mujer no le importa. ¿Está acostumbrada? Sigue trabajando.

Día tras día la historia se repite. Día tras día la mujer, a pesar de las limitaciones que le ponen sus piernas, camina calle arriba y calle abajo con una amable sonrisa ofreciendo sus chicles en una caja. Día tras día la gente interactúa con ella de la misma forma. Día tras día la observo desde el otro lado de la calle.

Ella nunca me ve.

Pienso que es claro cómo la sociedad a veces obliga a los menos afortunados a bajar la cabeza frente a aquellos que han tenido más oportunidades/ facilidades en esta vida. Aguantar como puedan su cotidiano sin ver lo que los rodea, llevándolos de cierta forma a sentir una insoportable pesadez. Cuando la luz está en verde la mujer se sienta en una banca sin molestar a nadie, no se puede decir lo mismo de la gente que pasa a su alrededor.

Llega el día en que no aguanto más. Cruzo la calle al tiempo que mi mano siente unas monedas en el bolsillo.

  • Oye, amiga – le digo – ¿ A cuánto están los chicles?-

Ella se encuentra a media calle. Al escucharme da media vuelta y me dirige una de esas sonrisas que la había visto dar más de una vez a los dueños de los coches. Se acerca con una facilidad formidable a pesar de su condición.

  • Doscientos – me responde al tiempo que me muestra su pequeña caja – y cuatro por mil-
  • Me llevo cuatro-

Ella me agradece. Se queda mirándome unos segundos con felicidad. Yo le devuelvo una amable sonrisa. Da media vuelta y continua su trabajo.

Desde ese momento suelo bajar por el otro lado de la calle. Siempre que paso a su lado me llevo unos cuantos chicles para la oficina, aprovechando muchas veces el tiempo para alguna charla matutina de más de dos minutos.

A veces bajo con dos vasos de café y dos pan de bono. Me alegra poder compartir un tiempo con mi amiga del semáforo.

Ella me cuenta sobre su vida y yo le cuento sobre la mía. Es increíble la cantidad de similitudes y diferencias que hay en la vida de dos personas, sin importar su condición económica. Me cuenta que es una mujer trabajadora, madre de dos hijos y que sufrió un accidente en su juventud. La vida le ha dado muchas bajas, pero es luchadora. Trata de sacar sustento para su familia en los semáforos y le viene sin cuidado el miedo o la repulsión de las personas.

Hablando con ella me hace caer en cuenta que las personas tienen sus propias formas de juzgar, y como se juzga a una persona posiblemente se debe a la forma como yo me juzgo a mi mismo.

Si creemos que somos muy trabajadores y nos hemos ganado todo lo que tenemos, entonces vamos a creer que todos los demás lo que tienen se lo han ganado. Y si no tienen nada, es porque ellos ganaron nada.

Si creemos que nuestros valores se los debemos a la fe, vamos a creer que el fortunio o el infortunio de las personas es por su fe, o dado el caso por su falta de fe. Mientras que si creemos que la sociedad victimiza a la gente y merecen justicia es, posiblemente, porque he sido victimizado por la sociedad y merezco justicia.

Normalmente las personas nos juzgaran de una u otra forma. Como juzguemos a los demás posiblemente será como nos juzguemos a nosotros mismos. Y, de igual forma, la manera como los otros nos juzguen no será la misma como nosotros los juzgamos a ellos. Esto está (usualmente) bien. Es la naturaleza humana.

Y está bueno hacer este tipo de juicios de valor, pues es parte de la naturaleza humana. Pero esa es una elección que yo estoy haciendo. Esa es una elección que todos estamos haciendo, nos demos cuenta o no. Y debemos tomar esas decisiones de manera consciente y no en el piloto automático.

Hace un tiempo no veo a mi amiga en aquel semáforo. No sé que le habrá pasado, pues dejó de acudir al semáforo de un día para otro. A veces me siento en la banca, con dos cafés en la mano o productos frescos de panadería esperando que llegue cruzando la esquina, con su caminar peculiar, su caja de chicles y su cálida. Recuerdo todas las estupideces no estúpidas que compartí con mi amiga del semáforo en esa esquina, todo lo que me enseño y lo que pudo (ojalá) aprender de mi. Algunas personas de los carros me preguntan por ella, pues posiblemente me han visto en más de una ocasión hablándole. Yo les respondo que la estoy esperando, pero que no sé cuándo regresará.

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