Viaje al parque Tayrona. Un mar de cristal y una luna de plata.

El gallo cacareó a las 4 de la mañana. El calor era para morirse. Debo admitir que para los rumores que pasaban de lengua en lengua, la primera noche no fue nada grave. Luego de haber caminado tres horas por los oscos territorios vírgenes de la selva caribe colombiana, bajo un sol de brasas y una arena que trata de retener cada paso que se da, imaginé estar mucho más cansado. Pero había que salir ya de la carpa, eso o matar aquel maldito gallo que no nos dejó dormir más de 3 horas.

La primera emoción del día anterior se dio cuando entramos en el bus que nos llevaría hacia aquel memorable paseo. Definitivamente los colombianos tienen sus particularidades, como aquella mujer pirata que abordó el bus aproximadamente habiendo llevado una hora de trayecto. Con una cara agrietada por el tiempo y un pequeño loro verde esmeralda, que posaba tranquilo en su hombro, incluso cuando la mujer cayó en un umbral de sueño  que nadie se atrevió a molestar.

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Al llegar a la entrada del parque fuimos revisados, para no entrar plásticos ni alcohol… aunque tuvimos nuestras formas de ingresar uno de aquellos elementos prohibidos. Dejo a vuestra imaginación cuál de los dos. Basta decir que si las tortugas se hubieran topado con nuestro contrabando hubieran estado más alegres que de costumbre.

La segunda alegría del día se dio cuando llegamos al puesto de bebidas y de alquiler de caballos, pensando que habíamos arribado a nuestro destino. Chozas de paja seca por los años y el implacable calor tropical de la zona imperaban en el paisaje. No obstante estábamos a tres horas aproximadas a pie. La discusión de alquilar un burro para que cargara nuestro equipaje llegó a la conclusión del absurdo de aquella idea, pues para ser más de 15 íbamos ligeros de peso: un par de enlatados, agua, contrabando… Os recomiendo ir lo más ligero que puedan.

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Tomamos un “atajo” por el interior de la selva. De esos tipo espejismo, pues alargó el trayecto más de lo previsto que el camino original. Caminamos entre agrestes riscos, sabios árboles, selva virgen (amen) y arenas movedizas. Aunque el sol era arrasador (tip : carguen un buen bloqueador), los mosquitos picaron a más de uno, y las piernas daban esa molesta sensación de punzadas que sólo aguanta un muñeco voodoo, no me arrepiento de lo que hicimos, pues fui testigo de los paisajes más bellos que he visto.

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Cumbres altas, selva que conservaba su virtud, y paisajes de los que fueron testigos aquellos ancestrales pobladores por los cuales esta reserva natural recibió su nombre: los Tayronas.

Luego de unas horas llegamos a los eco-habitats. Impresionantes casas hechas por lo que parecía paja y madera que coronaban la cima de algunas montañas. Una solitaria cama colgante dormía en la playa acompañada de un spa en medio de la arena. Esto nos dio impulso para seguir nuestro viaje.

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Luego de un tiempo, pues no puedo recordar bien cuánto, llegamos a la primera estancia “Arrecifes”. Acá se encuentran las instalaciones más bonitas del parque. En lo personal, pienso que un lugar se debe juzgar por sus baños, y para ser franco, los hoteles de cinco estrellas no tienen nada que envidiar acá.

Un increíble espacio lleno de carpas, turistas, quioscos y personal del parque llegaba hasta el horizonte. De seguro nos hubiéramos quedado en aquel increíble lugar de no ser porque su carencia de playas aptas para los bañistas, pues sus riscos pedregosos hacían que aquel tranquilo y bello paisaje algo peligroso y letal de haber entrado en el agua.

Seguimos nuestro viaje hasta Cabo San Juan –eso sí, primero mandamos el equipaje desde ahí en burro, y os digo: hizo la diferencia– pues era conocido por tener las mejores playas del parque. Al llegar nos topamos con un paisaje digno de un cacique. Una blanca playa de arena en polvo se extendía en dos partes hasta donde alcanzaba la vista. Dividida por un solitario risco, dominado por un gigantesco quiosco lleno de hamacas, azotado por el viento.

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Entramos a aquel mar de cristal hasta el punto que la noche ganó el día, inspeccionamos las hamacas donde la mayoría dormiría. Un paraíso natural lleno de turistas y locales tanto personas como animales. Al entrar la noche prendimos una pequeña fogata. Observé durante mucho tiempo aquella luna de plata que se reflejaba en una mar de cristal líquido hasta que se perdió tanto el tiempo como nuestra conciencia.

Conocimos la playa nudista y otros territorios en nuestro afán de exploradores. Selva, arboles, playa y arena hasta donde deseábamos y hasta donde esta no era bienvenida. Durante el día descansábamos con el flujo de la marea y el calor acogedor del Helios en el cielo. Las noches eran cunas de historias,  risas, amigos y juegos bajo la custodia de aquella luna solitaria, cuyos rayos de plata arropaban la tierra y el agua.

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Es difícil encontrar un rincón de paz en el mundo actual, donde las personas se dejen cautivar por aquel océano de velas blancas que se elevan a años luz en el cielo mientras que el horizonte líquido refleja su luz en la tierra. Lejos del ruido del mundo cotidiano. Lejos de las presiones de la era actual. Es difícil describir la paz que se alcanza en un escenario para la vida como este.

Os recomiendo esta experiencia pues es una de las cosas más estupenda que podéis hacer, no creí que Colombia tuviera lugares así de hermosos, pues la mayoría de sus playas están descuidadas por el paso de las personas y de malas políticas ambientales. Me suelo preguntar cuántos colombianos han llegado a experimentar los placeres de tesoros naturales como estos. Tesoros que me confirman cada vez más que la riqueza verdadera no se encuentra en el dinero ni en acaparar objetos. Seguiré pensando en más de mis estupideces no estúpidas pensando que un viaje o una experiencia es algo que no se puede perder, y algo que el dinero no puede llegar a comprar o quitar.

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