Mi visita a Chichen Itza. Sueño de naturaleza y silencio.

El complejo de piedra se alza entre la frondosa selva del Yucatán. Pasé en trance tres horas completas en un autobús que olía a japonés y perfume barato, en ese orden. Al llegar, me encontré con un lugar que sembró más de una semilla en mi fértil imaginación.

En el aire se respiraba aquel aroma selvático, que inundaba las piedras, el césped, la ropa y hasta el ánimo. Tenía por entonces veinte años cuando visité aquel antiguo complejo de ruinas en la, una vez boyante, ciudad de Chichen-Itza.

Y es que es difícil describir la sensación que ahoga el espíritu cuando, por primera vez, se llega a ruinas como esta. Pero puedo afirmar que es una experiencia difícil de olvidar.

Luego de cruzar la tienda de obsequios y regalos, ubicada convenientemente en la entrada, nos encontramos con nuestro guía. Este caricaturesco personaje, quien se gana sus pesos bien ganados, da un recorrido leve por toda la ciudad. El resto del día es para recorrer libremente según los impulsos y deseos que lo pidan.

La pirámide de Kukulkan es el ícono de la ciudad, siendo lo primero que se ve desde lejos. Este ícono arquitectónico es sorprendente, no sólo por sus dimensiones y su belleza innata, pero por la forma como los mayas usaban sus conocimientos más allá de lo ocuo. Esto os digo, pues si aplauden frente a la pirámide escucharan el canto de un ave devolverles el aplauso. El antiguo Quetzalcoatl que descansa tanto en la punta de esta pirámide como en las memorias de aquel pueblo desaparecido en las espesas selvas mexicanas.

Una silueta conformada por una pirámide truncada sobre un horizonte apuñalado por centenares de columnas conforma el templo de los guerreros y las mil columnas. Recordandonos que – a la par de las columnas- bajo los cientos de defectos humanos, también están aquellas partes que al igual que los guerreros, nos ayudan a luchar contra la maldad.

Caminando un poco más allá llego al observatorio de “El Caracol”. Un complejo erosionado por el tiempo, el agua y el viento se alza sobre un gigantesco pastel de bodas hecho de piedra. Una escalinata se labra sobre su superficie llevando al observador a la torre central, cuyo domo colapsado servía a los antigüos para ver los cielos en 360 grados. Adentro otra escalinata en espiral, azotada por el viento que entra por los agujeros de las paredes y del techo, asciende los niveles de la torre, con el fin de ayudar a rastrear los equinoxios y solsticios de aquellos años grabados en la memoria de los pueblos sin palabra.

El juego de la pelota, el Oasis y el mercado (cosas de las que me gustaría hablar en otra ocasión) son pocas de las muchas maravillas que hay para deleitar los ojos y la mente en este pequeño rincón del mundo, que a la vez es un gran espacio para la imaginación. Recomiendo de todas las formas que hay visitar esta ciudad sumergida aquel sueño de naturaleza y  silencio.

Sigo planeando más viajes a diferentes partes del mundo. Me encanta conocer nuevos lugares, culturas, paisajes y costumbres. Sin embargo, debo decir: un viaje se puede dar bien sea cruzando fronteras geográficas o aquellas fronteras imaginarias que nos ponemos a nosotros mismos en las situaciones del día a día. Bien sea cruzando una calle, saliendo a un parque o en la misma esquina de nuestros hogares se puede abrir una puerta a un viaje que no necesita pasaporte más que en nuestras propias mentes. Pero esto puede ser simplemente otra de mis estupideces no estúpidas.

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“El Caracol”

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPiramide de Kukulkan

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