Día de cemento. Mi paseo por la carrera séptima.

Recuerdo los anuncios de las calles, los autos deslizándose en el pavimento al igual que aquellos que llevaban consigo patines o bicicletas. En aquel viernes de los primeros días del mes de Marzo de 2013 caminaba por una de las calles de aquella Bogotá atiborrada, atrapada bajo aquel cielo de polvo de cemento dejando una penumbra blanquezca sobre la avenida Alberto Lleras Camargo, conocida comúnmente como “La Carrera Séptima”.

Para aquellos que no lo saben, la carrera séptima es uno de los ejes principales de la ciudad de Bogotá, recorriendo la ciudad de Sur a Norte. En un comienzo, en las cercanías del siglo XVI esta vía unió las dos plazas principales de la ciudad: la plaza San Francisco, en la calle 14, y la plaza de Bolívar, en la calle 10. Su extensión se trazó sobre un antiguo camino indígena que se dirigía al poblado indígena de Usaquén, cuyos habitantes fueron desplazados hacia el sur por un decreto real en 1777.

Un hormiguero de personas llenaba la calle de norte a sur, y de este a oeste. Observarlos durante unos segundos y tratar de descubrir su historia podía llegar a ser una actividad interesante para aquél que no tuviese nada mejor que hacer: peatones y caminantes, extranjeros y locales, comerciantes y compradores, artistas y mendigos, todos por igual confluían en aquel rio de vida caminante extendiéndose por más de 24 cuadras de la ciudad hasta un poco después de la torre Colpatria, símbolo de la capital Colombiana como el edificio más alto del país.

Pasé la tarde en transe, anclado en aquel diverso camino de tierra azabache. Entre las primeras cosas a rescatar fue un artista, pintando con tiza, tan viva como un manantial, un par de abejas en una danza de cortejo que llamaba mediante feromonas de color a los transeúntes de aquella tarde.

A la vez vendedores que ofrecían ciruelas en pequeños carritos de madera paraban su actividad comercial para dejarse seducir por aquel par de abejas sobre el oscuro pavimento.

Una vendedora de globos de helio me devolvió a la realidad. Me encontraba frente a la iglesia Señora de las Nieves, que con piedra rojiza y bronce adornaba la calle como un collar de perlas el cuello de una mujer. Frente a su rosetón se alzaba la virgen de las nieves, que con una cálida mirada dirigida hacia la plaza de las nieves, observaba con aquella calma de mármol la gente que allí se encontraba. Una mujer delgada con cabello de cal, contemplaba un libro, de piernas cerradas y páginas abiertas, lucía una sonrisa extraviada de la realidad.

Eché mis pasos hacia delante y frente al Casino Caribe una mujer indígena de piel cobre y ojos de almendra, tan negros como su pelo e igual de grandes como este era liso. Con una bebé en sus brazos y una mano levantada gritaba ayuda, no con su voz, pero con su mirada. Me acerqué y le obsequié cinco mil pesos y un sándwich que cargaba con motivo de una merienda vespertina. Ella me lo agradeció con una sonrisa y supe que con eso me bastaba.

Me acerqué al teatro Municipal Jorge Eliecer Gaitán, cuyos enchapados en piedra traen a Francisco Salomone al conglomerado arquitectónico de la Calle Real. Junto con sus cinco bajorrelieves que convocan a las cinco musas de las bellas artes a este mundo contemporáneo este edificio no pasa de largo un segundo durante mi recorrido.

En su entrada, artistas de todas clases, desde músicos de saxofón hasta pintores y dibujantes, dan conciertos y exposiciones en vivo y en directo a quien le interese apreciar un poco de talento. Danzas contemporáneas y tonadas clásicas dan vida a esta parte del paseo.

Levantando la vista era visible el laberinto de calles que le dan forma al centro de Bogotá. Casas de la antigua nobleza criolla, que anteriormente delimitaron el centro de la vida social colonial, se acariciaban con modernos edificios de oficinas, viviendas y estatales dejando al la ciudad un bodegón de concreto para aquel que se tomara el tiempo de admirarlo.

Continué subiendo por el bulevar, viéndomelas con semáforos, policías, personas y automóviles que circulaban por las carreras. Una niña de no más de 10 años jugaba con una antigua muñeca, ajena a las memorias de las antiguas damas de la nobleza colombiana, al tiempo que su madre la llamaba para no perderla de su lado.

Una vez llegado a la Terraza Pasteur, un grupo de roqueros y skaters ven pasar el tiempo, al igual que aquel edificio, centro de cultura bohemia y clave para la memoria bogotana. Luego de un momento o dos me doy cuenta que este es un nido de las culturas urbanas: un rastafari de piel caribe, acompañado con una botella de alcohol de dudosa procedencia y una guitarra desgastada, que se hace llamar “Blacky” según pude conversar unos minutos con él, se encuentra en otra de las escalinatas que dan pie a la plazoleta de la entrada. Adicionalmente, varios homosexuales y punketos deambulaban por aquel agradable pero desgastado espacio, terminando la ornamentación con algún limpiabotas y vendedor de loterías.

Luego del edificio de Kokorico, el cual personalmente aprecio debido a que ha mantenido su estilo colonial, paso por el mercado de las pulgas de San Alejo, que reboza de una extraña vida los domingos matutinos. Una brisa helada hizo temblar mis manos al igual que mis ideas, y continué en un paseo sórdido hasta la torre Colpatria, donde se acaba este viaje. Sumergido en un acuario de concreto, debido al juego de luces en las paredes de la torre observé desde el puente de la Avenida El Dorado, aquel monolítico símbolo para la capital.

Me di media vuelta, alcanzando a percibir un atisbo de La Rebeca, continué mi camino hacia mi hogar. Mirando el pasar de la ciudad a través de la ventana del bus que abordé poco después, noté que aquel antiguo camino está lleno de cultura, vida, movimiento y serenidad; brindando un poderoso antídoto contra la monotonía de la ciudad sólo disponible para aquellos que quieran beberlo. Me sumergí en más de mis estupideces no estúpidas. Al parecer Bogotá no parecía tan tediosa como siempre. Lo único que falta aprender a observar.

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