El Koni, herencia de La Macarena, patrimonio de Bogotá.

Una voluminosa gota de sudor bajaba por mi frente, alimentada de aquella humedad selvática que mi cara liberaba aquella tarde de miércoles. Subir desde la Carrera Séptima hasta las torres del parque con una maleta de más de cinco kilos tenía sus desventajas.

Poco me importaban estas cosas, pues La Macarena ha sido uno de mis barrios favoritos desde hace mucho en la caótica ciudad de Bogotá. Hay algo de su ambiente que te hipnotiza y te saca de aquella urbe para llevarte a un barrio más pacífico, más culto y más tranquilo.

Además, la subida no es un viaje tan monótono. Primero está el planetario, cuya grama soporta el peso de –en su mayoría abundantes- posaderas pertenecientes a personas de diferentes estilos y clases. Luego está la plaza de toros, por donde podemos subir una empinada calle. O si se prefiere está La calle de las escalinatas (o como a mí me gusta llamarlas, las escaleras de la muerte),  que une el complejo con el Parque de la independencia.

Entre paso y paso llego a una pequeña tienda que he querido conocer hace un tiempo. Un oasis de imaginarios y bagajes históricos, culturales y políticos que reposa en la base de uno de mis edificios favoritos: Las torres del Parque de Salomona, magnificas edificaciones que curvan su silueta evocando la naturalidad de los cerros orientales al tiempo que abrazan la plaza de toros de Santamaría.

Tras cruzar el umbral en aquella soleada tarde me encuentro dentro de aquel epicentro social y activista de La Macarena, que a simple vista no da pistas de ser más que una tienda de barrio “a la antigua”. Hay repisas con víveres, papel higiénico e implementos de cocina en las paredes y refrigeradores enfriando jugos y gaseosas contra las esquinas. Un ventilador de pared se mueve de lado a lado, como si desaprobara lo que en aquella tienda pasa.  Nada especial, según parece.

Acercándome un poco más puedo ver que las diferentes cosas que descansan en las repisas del local no son lo que parecen: Pequeñas latas de trufas de chocolate hechas a mano, cajas coloridas de té STASH (una marca especializada de Óregon), transparentes bolsas de arroz de jazmín, hongos shitake, calados de papel que van desde integral hasta papel de cebolla, maní recubierto con wasabi, entre muchas otras cosas. Cada una más apetecible que la anterior.

Los productos peculiares se mezclan agradablemente con los locales, el chocolate Lindt se sienta junto a las chocolatinas Jet al tiempo que las galletas Oreo reposan junto  a los mini pretzels SYNDER’S de Hannover. Lo interesante del lugar es su atmósfera de tienda local, como cualquier otra que se pueda encontrar en un barrio de la capital. Caja registradora manual, canastos rojos de cargar a la mano y piso de baldosa.

El Koni ha gozado de una imagen icónica desde hace mucho tiempo en “La Macarena”. Es centro de encuentro de extranjeros, ilustrados, profesores, literatos, artistas y de la cultura “bohemia contemporánea” que alberga el barrio actualmente. En él se abastece esta sociedad que día a día comparte con sus dueñas y demás clientes ideas culturales, conversaciones inteligentes y opiniones políticas tan fuertes que han sido capaces de frenar obras civiles aprobadas por el municipio.

La rutina es diferente para cada cliente. Gente diferente entra cada tanto, con una imagen que genera interés por conocer su historia. Dan un recorrido y cogen lo que necesitan. Hablan un tiempo a veces corto a veces largo con las propietarias, quienes con un acento paisa contestan cada pregunta, para finalmente salir siguiendo su propio camino.

Tomé unas cuantas fotos con mi celular, por las cuales me regañó una de ellas de una manera poco decorosa. No les recomiendo hacerlo. Le comenté que era para un proyecto de la universidad. Ella volvió a lo suyo.

Felicitando a las dos matronas por el patrimonio que mantienen vivo en la localidad cruzo el umbral, pensando que más que una tienda local de productos “gourmet” es una tienda de recuerdos e ideas.  Comienzo a bajar nuevamente las escaleras con un pequeño y helado jugo en la mano especial para aquel sol de vapor.

Me gusta pensar que se pueden encontrar las cosas si la persona sabe a donde ir. Esta última parte la cuestión mañosa del asunto, pero no es imposible. Me imagino que toda persona que conoce el sitio y necesite ingredientes singulares sabe que allá los conseguirá. Para los que lo acaban de conocer, salen hacia sus casas con una que otra sorpresa en una pequeña bolsa de colores blanco y azul. Al montarme en el bus reflexiono en todas las cosas que el barrio “La Macarena” tiene por ver, dirijo la mirada hacia sus estrechas calles y sobresalientes tejados mientras pienso que esa es simplemente otra de mis estupideces no estúpidas.

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