Conoce Bogotá – Monumento a los caídos.

Muchos lo pensamos, otros lo han pensado y, seguramente, si vienes a Bogotá a vivir desde una de esas acogedoras y paradisíacas ciudades pequeñas –normalmente denominados “pueblos” de forma despectiva por los capitalinos, aunque orgullosamente lo son- lo pensarás: Bogotá es una mierda.

Atmosfera de ceniza, gente gélida como las vespertinas brisas, desorden y trancones… definitivamente Bogotá puede ser una ciudad que amas u odias al instante. Yo he pasado por los dos ciclos …. Esta no es una combinación que muchos aguanten y con la cual se sientan “en casa”. No obstante, me puse a pensar desde un tiempo atrás: es muy fácil criticar, pero mucha gente ni siquiera conoce las cosas que Bogotá tiene para ofrecer. Después de todo, la capital colombiana debe tener para ofrecer más allá de lo que nos dejan mirar nuestros pequeños ojos, o en algunas ocasiones más allá de lo que en realidad estamos dispuestos a observar.

Es por esta razón que me dirigí al monumento de los caídos.

Este icónico lugar –que la gran mayoría no conoce, ignorancia en la que me incluí personalmente- llamó mi atención una de esas noches de universitarios, en el apartamento de uno de mis amigos. Hicimos un asado, comimos carne y un guacamole con el que no teníamos nada que envidiar a un Mexicano. En la sala del apartamento un pequeño libro descansaba sobre la mesa de centro acerca de un concurso de fotografía en lugares de Colombia. Allí fue donde encontré aquella foto titulada “Monumento a los caídos”. Busqué el lugar en el cual se encontraba y a mi sorpresa un pequeño renglón dice: “Bogotá D.C”.

Ni corto ni perezoso me dispuse a ubicarlo a los pocos días. Para mi sorpresa, se encuentra en un lugar que suelo frecuentar actualmente.

Entré a una inmensa y agradable plaza de adoquín, decorada con pequeños magnolios boyantes cual flor. Su contraste entre lo artificial y lo natural, la dureza del empedrado y la fluidez de la naturaleza crean pequeños oasis de una gracia inexplicable.

A mi sorpresa no es un monumento sino un complejo de tres: El monumento a los caídos, la llama eterna y el asta de bandera.

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Lo primero que llama la atención es aquel monolito de granito absoluto, levantándose en contrapendiente, emergiendo de aquellas pálidas baldosas de ladrillo. En sus aristas puedo ver una gran variedad de siluetas de personas. Me acerco a una de ellas. No sé si es hombre o mujer. No sé si es un amigo, un desconocido, un padre de familia o un hijo pródigo… Para mí no es más que un recuerdo sin voz, una sombra sin detalle. Un reflejo paralizado en el tiempo que quiere contar una historia. Que quiere contarme una historia. Me encuentro fascinado por el concepto y recorro aquel conjunto de sombras de hades que me devuelven la mirada con sus ausentes ojos.

El día es soleado y no tengo prisa, así que me siento a meditar un poco sobre el significado de este monolito moderno, sintiéndome bien con que lo hallan hecho. En parte con aquellas sombras sólidas, como signo de respeto a aquellos pasajeros de Caronte. En parte para sentirme bien conmigo mismo. Me fijo en una de las aristas donde las siluetas se transforman en figuras en negativo. Acá se muestran los rangos icónicos del ejército nacional. La silueta de una mujer entre hombres me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa.

2Pasaron los minutos y me acerco a un bloque de granito negro reposando en un espejo de agua. Se me explica que esta pequeña pared negra, del mismo estilo que el monolito, es conocida como “la llama eterna”. Alumbrando día y noche en honor de aquellos soldados cuyo nombre únicamente conoce Dios.

En la otra esquina me fijo en el Asta de bandera, usada para izar el pabellón nacional. Pienso que no debe medir más de 35 metros. A mi parecer es el elemento faltante para formar estas tres nornas simbólicas que ayudan a recordar el patrimonio de la memoria de aquellos que, sin saberlo (y en ocasiones sin quererlo) cortaron el hilo de su vida. Tal vez por algo en qué creer.

Como dije en un principio Bogotá es una ciudad de pasiones: a veces la amas y a veces la odias. En lo personal, me gusta deambular por sus ajustadas calles y amplias avenidas, tratando de ver lo que muchos no quiere ver en los lugares cotidianos, aceptando que esta atmosfera de ceniza ha hecho parte de mi vida desde hace ya un tiempo.

Al llegar a casa me dispuse a escribir sobre aquella experiencia en el monumento a los caídos, animando a la gente para que salga a conocer más en donde vive y no sólo los sitios cotidianos. Sin embargo, me acecha el pensamiento que esta puede ser sólo otra de mis estupideces no estúpidas.

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