Pero señor taxista, yo no voy a su casa!

evilcab

Es increíble la forma como el desempleo agobia la sociedad colombiana actual, como aquella mano tirando de la soga que ata a las personas del cuello, cerrando poco a poco su tráquea y sin posibilidades de progreso. Mientras muchos son aquellos parados sobre ese tambaleante banco de necesidades que los sostiene de ahogarse, otros simplemente aprendieron a agarrar el codo de aquella mano que sujeta la soga y se mantienen de pie sobre dicho banquillo que los separa del vacio.

La semejanza de esta situación con la realidad es pura coincidencia en el caso de Bogotá. Esta ciudad goza de muchos privilegios que otras capitales mundiales no pueden obtener: clima frio de altura debido a su ubicación dentro del altiplano cundi-boyacense, una ciudad completamente cosmopolita, posee una de las mayores concentraciones de bibliotecas en Latinoamérica y sus taxistas se pueden dar el lujo de llevar a quien le venga en gracia!

Los taxistas de la capital colombiana son gente seria, empresarios, en otras palabras: exigentes, así como el gerente de una empresa al contratar un nuevo empleado: si no les sirve, no se contrata. En esta ciudad tan plagada de tráfico, en la cual hay aproximadamente 53.000 taxis,  ocupando un 32% de la red vial y constituyen un porcentaje significativo de la circulación[1]

Una teoría básica de mercados sostiene el principio de “la mano invisible”. Dicha teoría indica que el mercado debe regular él mismo pasado un largo periodo de tiempo. Un aumento en oferta lleva a una baja en precios. Un aumento de demanda lleva a una alza de los mismos. “Demanda con precio, precio con oferta, del mismo modo en el sentido contrario.” [2]No obstante, al tiempo que la demanda por taxis aumenta, la oferta disminuye. Traducido a un lenguaje más coloquial: no todos los taxistas están dispuestos a dedicarse a – como la palabra lo indica – servir al publico. Estos actores están a poco de convertirse en una empresa privada sobre ruedas.

Ejemplos claros se ven en toda la ciudad durante el día. Frases como: “Para allá no lo llevo”, “Yo por allá no voy”, o –en opinión personal, la más frustrante “No me sirve” hacen que a más de uno le hierva la sangre. En especial cuando cae la primera gota de lluvia, cosa que en la ciudad no es nada fuera de lo común. Es aquí cuando sus esqueletos salen del cuerpo y sacan alas como los insectos. Acto seguido al escuchar la dirección de destino se escucha la frase: “Lo llevo por…”. Tan molesta como un zancudo a la hora de dormir.

En mi posición de inquisidor, dichas palabras son una falta de respeto a la persona, ya que este amable hombre “dedicado” al “servicio público” no le hace un favor a nadie al llevarlo a su destino, puesto que se le está pagando por esto.

La última de las genialidades creadas por estos maestros de la perspicacia y la matemática es la facilidad de generar recargos y aproximar tarifas. Así como nos enseñaron en la educación primaria: “si un número decimal termina en más de 0,5 se aproxima al entero inmediatamente superior. Puesto así un 90% de las carreras en la ciudad se encuentran sobrevaloradas, bien sea por el uso de un taxímetro adulterado tal aguardiente sin sellar o por la moda  de una tablilla falsa que el mismo Moisés hubiese condenado en el Sinaí.

Esto va desde “recargo nocturno” hasta “Recargo porque llueve” y en un modo más exagerado – de visión personal– “recargo porque dejé de ver la novela”.

Con esto quiero realizar una crítica imparcial y subjetiva sobre el “servicio público” de taxistas en la ciudad de Bogotá. Acompañado con la guerra del centavo en el campo busetero hacen una combinación curiosa para el bogotano y aquellos que no somos capitalinos, pero compartimos con estos residiendo en la misma ciudad. En pocas palabras, si la persona no va dirigida a la casa del taxista, este no lo lleva –citando a estos masters al volante: “No me sirve” (a excepción de contados casos)- . Espero haber llamado la atención de unos pocos con este breve artículo y recordar a quien lo lea que el servicio público se trata de eso mismo: servir al público. Existe una tablita – para los que no saben- expedida por la secretaría de movilidad que debe estar en cada taxi. Estas son las tarifas aprobadas para el usuario. El colombiano necesita quejarse más. Quejarse no tiene nada de malo y puede hacer una diferencia muy grande. Ahora, si me disculpan, necesito llamar un taxi por una pequeña aplicación que les explicaré más tarde. Mientras lo hago seguiré pensando en más de mis estupideces no estúpidas, recordando que una estupidez para uno puede ser una gran idea para otro.


[1]. Suarez. A. (17 de Agosto de 2012). “¿Por qué brincan los taxistas?. El espectador. Recuperado el 11 de Enero de 2013 de http://www.elespectador.com/impreso/bogota/articulo-368384-brincan-los-taxistas

[2] Citando a una interesante filósofa colombiana. No tan aclamada como Hipitia de Alexandria, pero con potencial para llegar lejos en el campo del pensamiento. Para más información remitirse a esta dirección: http://www.youtube.com/watch?v=XfZ_o5lifLw

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